julio 18, 2009

El manuscrito Voynich



El manuscrito Voynich es un misterioso libro ilustrado de contenidos desconocidos, escrito hace unos 500 años por un autor anónimo en un alfabeto no identificado y un idioma incomprensible, el denominado voynichés.

A lo largo de su existencia constatada, el manuscrito ha sido objeto de intensos estudios por numerosos criptógrafos profesionales y aficionados, incluyendo destacados especialistas estadounidenses y británicos en descifrados de la Segunda Guerra Mundial. Ninguno consiguió descifrar una sola palabra. Esta sucesión de fracasos ha convertido al manuscrito en el Santo Grial de la criptografía histórica, pero a la vez ha alimentado la teoría de que el libro no es más que un elaborado engaño, una secuencia de símbolos al azar sin sentido alguno.

Sin embargo, el que cumpla la ley de Zipf, que viene a decir que en todos los lenguajes conocidos la longitud de las palabras es inversamente proporcional a su frecuencia de aparición (cuantas más veces aparece una palabra en un idioma, más corta es), hace pensar que se trata no sólo de un texto redactado en un lenguaje concreto, sino también que este lenguaje está basado en alguna lengua natural, ya que lenguajes artificiales como los élficos de Tolkien o el Klingon de Star Trek no cumplen esta regla. Esto es debido a que la explicación a esta ley se basa en la economía lingüística: las palabras que más utilizamos son más cortas y así requieren menos energía, por ello es el uso de una lengua el que acaba por imponer esta ley. Es prácticamente imposible que el autor del manuscrito Voynich conociera la ley de Zipf, enunciada muchos siglos después, y por tanto que la aplicase a un lenguaje inventado por él.

El nombre del manuscrito se debe al especialista en libros antiguos Wilfrid M. Voynich, quien lo adquirió en 1912. Actualmente está catalogado como el ítem MS 408 en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale.

fuente del texto: wikipedia

julio 05, 2009

Esparta


Juan Antonio Cebrián en La Rosa de los Vientos




Esparta era una polis (ciudad estado) de la antigua Grecia situada en la península del Peloponeso a orillas del río Eurotas. Fue la capital de Laconia y una de las poleis griegas más importantes junto con Atenas y Tebas.

Sociedad espartana

Los ciudadanos


Los únicos que poseían derechos políticos eran los espartanos propiamente dichos, llamados “astoi” o “ciudadanos” (término más aristocrático que el de “polités”, habitual en otras ciudades griegas); también se les conocía como “Homoioi” (“Pares” o “Iguales”). Estos eran los guerreros conquistadores, descendientes de los dorios y nacidos en la misma Esparta. Conformaban una minoría privilegiada pues al momento de nacer recibían una parcela de tierra junto con unos hilotas, que conservaban toda su vida. Los historiadores también usan el término latino de “tresantes” (“los temblorosos”). Según Heródoto, Jenofonte, Plutarco y Tucídides, a los “tresantes” se les sometía a toda clase de desprecios y vejaciones: obligación de pagar el impuesto de soltería, expulsión de los equipos de pelota, de los coros, de las comidas en común, etc. Su estado de marginación era casi tan absoluto como el de los ilotas, con la excepción de que ellos sí podían acceder a los lugares públicos (siempre en los últimos puestos) y que les estaba permitido redimir su deshonra mediante actos de valor en la guerra.

Un auténtico espartano debía ser hijo de padres espartanos, haber recibido la educación espartana, hacer sus comidas junto a los demás ciudadanos en los comedores públicos y poseer una propiedad suficiente como para permitirle sufragar los gastos de su ciudadanía. Conformaban una minoría privilegiada que poseía las tierras, ocupaba los cargos públicos en forma exclusiva y concentraba el poder militar. Los trabajos manuales y de la tierra eran considerados tareas denigrantes para ellos.

El nombre de “Homoioi” (“Iguales”) es testimonio, según Tucídides, del hecho de que en Esparta “se ha instaurado la máxima igualdad entre el estilo de vida de los acomodados y el de la masa” (I, 6, 4): todos llevan una vida en común y austera.


Los no ciudadanos: periecos e hilotas

Los periecos (habitantes de la periferia), eran descendientes de los miembros de las comunidades campesinas sometidas sin utilizar la fuerza. Son mantenidos al margen del cuerpo cívico por la reforma de Licurgo, que les niega cualquier derecho político. Aunque libres, jamás participan en las decisiones. Poseen el monopolio del comercio y comparten el de la industria y la artesanía con los hilotas. Entre los periecos hay también campesinos, reducidos a cultivar los terrenos menos productivos. Gozaban de ciertos derechos, como poseer bienes o casarse, pero no podían participar en el gobierno de la ciudad.

Los hilotas son los campesinos de Esparta. Eran descendientes de las comunidades campesinas sometidas a la fuerza por los espartanos. Su estatus se crea con la reforma de Licurgo. No son estrictamente esclavos, sino siervos: pertenecen al Estado, están adscritos a la propiedad que cultivan, no se los podía comerciar, pueden casarse y tener hijos y se quedan con los frutos de su trabajo una vez deducida la renta que corresponde al titular de la hacienda.

De modo excepcional, los hilotas podían ser reclutados para el ejército y liberados luego. Mucho más numerosos que los ciudadanos, la reforma de Licurgo les dejó por completo al margen de la vida social. Los “Iguales”, que temían su rebelión, les declaraban solemnemente la guerra cada año, les humillaban y aterrorizaban.


La educación espartana

La educación espartana, agogé, sistema educativo introducido a partir de Licurgo, se caracteriza por ser obligatoria, colectiva, pública y destinada en principio a los hijos de los ciudadanos, aunque parece que en ocasiones se debió admitir a ilotas o periecos, y los hijos de un ateniense como Jenofonte se educaron en Esparta. La educación espartana estaba enfocada principalmente a la guerra y el honor, hasta tal punto que las madres espartanas decían a sus hijos al partir hacia la guerra: "Vuelve con el escudo o encima de él", en referencia a que mantuviesen el honor y no se rindiesen nunca aunque con ello perdieran la vida.

Esparta practicaba una rígida eugenesia. Nada más al nacer, el niño espartano era examinado por una comisión de ancianos en el Pórtico, para determinar si era sano y bien formado. En caso contrario se le consideraba una boca inútil y una carga para la ciudad. En consecuencia, se le conducía al Apótetas, lugar de abandono, al pie del monte Taigeto, donde se le arrojaba a un barranco. De ser aprobado, le asignaban uno de los 9.000 lotes de tierra disponibles para los ciudadanos y lo confiaban a su familia para que lo criara, siempre con miras a endurecerlo y prepararlo para su futura vida de soldado. Así es que la educación tenía reglas rigurosas de disciplina, obedencia y sometimiento a la autoridad. Los padres no educaban a sus hijos ya que, a partir de los siete años, los niños pasaban a depender del Estado y recibían una instrucción muy severa. Los niños aprendían técnicas de caza y lucha y se les daba gran importancia a los ejercicios físicos. El objetivo de la educación era formar ciudadanos obedientes y valientes guerreros.

A los siete años o los cinco, según Plutarco, se arrancaba a los niños de su entorno familiar y pasaban a vivir en grupo, bajo el control de un magistrado especial, en condiciones paramilitares. A partir de entonces, y hasta los veinte años, la educación se caracterizaba por su extrema dureza, encaminada a crear soldados obedientes, eficaces y apegados al bien de la ciudad, más que a su propio bienestar o a su gloria personal. Los muchachos deben ir descalzos, sólo se les proporciona una túnica al año y ningún manto y, sometidos a una subalimentación crónica, se les fuerza a buscarse su propio sustento mediante el robo. Las disciplinas académicas se centran en los ejercicios físicos y el atletismo, la música, la danza y los rudimentos de la lectura y escritura.

Por lo que a la educación de las niñas se refiere, se encaminaba a crear madres fuertes y sanas, aptas para engendrar hijos vigorosos. Por ello, insistía igualmente en la educación física, así como en la represión sistemática de los sentimientos personales en aras del bien de la ciudad.

texto: wikipedia

Robert Graves y los mitos griegos

¿Por qué seguir leyendo Los mitos griegos de Robert Graves hoy?

Cuando pensamos en mitología griega, muchos imaginan dioses en el Olimpo, héroes musculosos y tragedias inevitables. Pero detrás de esas imágenes hay un entramado de relatos, variantes, contradicciones y símbolos que no es fácil ordenar. Ahí es donde entra Los mitos griegos de Robert Graves, un libro que, décadas después de su publicación, sigue siendo una puerta de entrada privilegiada a ese universo.

En este artículo te cuento quién fue Graves, qué hace especial su obra y por qué sigue mereciendo un lugar en tu estantería (o en tu e‑reader).

El gran logro de Robert Graves haber hecho accesible y sugerente un material inmenso, complejo y a menudo contradictorio.

¿Quién fue Robert Graves y qué es Los mitos griegos?

Robert Graves (1895–1985) fue poeta, novelista y ensayista británico. Aunque muchos lo conocen por novelas históricas como Yo, Claudio, una parte fundamental de su obra gira en torno a los mitos, la poesía y la religión antigua.

Los mitos griegos no es un simple recopilatorio de historias. Es:

  • Un gran relato continuado de la mitología griega.
  • Una síntesis de fuentes clásicas (Homero, Hesíodo, tragedias, historiadores…).
  • Un ensayo interpretativo, con una visión muy personal sobre lo que los mitos esconden.

Graves no se dirige a especialistas, sino a cualquier lector curioso con ganas de entender mejor de dónde salen las historias que han alimentado la cultura occidental durante siglos.


Cómo está organizado el libro (y por qué se lee tan bien)

Una de las grandes virtudes de Los mitos griegos es su estructura. Cada mito se presenta en dos partes:

  1. El relato
    Graves reescribe la historia con una prosa clara, moderna y ordenada. No necesitas ir saltando de autor en autor; él unifica versiones dispersas y te cuenta, por ejemplo:

    • cómo se originó el mundo según distintas tradiciones griegas;
    • el nacimiento y las intrigas de los dioses olímpicos;
    • las hazañas de Perseo, Teseo, Heracles o los Argonautas;
    • la saga completa de la guerra de Troya y el regreso de sus héroes.
  2. El comentario
    Después del cuento viene la “letra pequeña”, pero contada de forma accesible:

    • qué fuentes antiguas hablan de ese mito;
    • qué variantes locales existían;
    • qué posibles significados o ritos antiguos podrían estar detrás.

Este método “cuento + comentario” convierte el libro en algo híbrido: lo puedes leer como si fueran historias seguidas, pero también como un ensayo que te enseña a mirar los mitos con ojos críticos.


La mirada de Graves: los mitos como memoria de rituales y conflictos

Graves no se conforma con contar qué pasa en cada mito. Le interesa responder a otra pregunta: ¿por qué alguien contó esto así? Y ahí entra su interpretación.

Mitos como huella de antiguos ritos

Para Graves, muchos mitos conservan, disfrazadas de relato, las huellas de:

  • antiguos rituales religiosos;
  • cambios de poder entre distintos pueblos;
  • choques entre religiones más antiguas y nuevos cultos.

Por ejemplo, donde vemos un dios que mata a un monstruo o una diosa caída en desgracia, él ve, a menudo, la metáfora de una religión nueva que desplaza a otra más antigua.

La Diosa Blanca y lo femenino

Una de las ideas más influyentes (y polémicas) de Graves es la de la “Diosa Blanca”: una gran diosa de la fertilidad, la naturaleza y la poesía, que habría estado en el centro de muchas religiones europeas primitivas.

En Los mitos griegos, esta idea aparece de fondo:

  • Da un papel central a figuras como Gea, Deméter, Perséfone, Artemisa, Hécate.
  • Interpreta muchos mitos como relatos de la relegación de lo femenino a manos de dioses masculinos guerreros.

Según esta lectura, los raptos, matrimonios forzados y asesinatos de diosas no son sólo anécdotas truculentas, sino signos de un giro social y religioso profundo.

Comparaciones con otras culturas

Otra clave de su trabajo está en la comparación:

  • mitos griegos con relatos celtas, egipcios, semitas, anatolios;
  • fiestas agrícolas y ciclos estacionales;
  • dioses que mueren y resurgen, reyes sagrados, triadas de diosas…

Graves busca patrones repetidos y propone que los griegos adaptaron y transformaron elementos más antiguos, comunes a todo el Mediterráneo y Europa.


¿Qué tiene de especial para un lector actual?

Un estilo que engancha

Pese a la erudición del libro, Los mitos griegos se deja leer con facilidad. No es una edición de textos antiguos llena de notas al pie ilegibles, sino una narración fluida que:

  • ordena las genealogías (quién es hijo de quién y qué tiene que ver con el resto);
  • te permite seguir una línea temporal y familiar sin perderte;
  • enlaza unas historias con otras, mostrando que el mundo mítico es una red, no un catálogo aislado.

Esto lo hace ideal para quien se acerca por primera vez a la mitología y quiere algo más completo que un simple resumen escolar.

Un puente entre entretenimiento y reflexión

El libro funciona a dos niveles:

  • como colección de historias fascinantes, llenas de aventuras, tragedias y giros dramáticos;
  • como ejercicio de interpretación, que te invita a preguntarte qué dice cada mito sobre el poder, el género, la violencia, la culpa o el destino.

Es, en cierto modo, un taller práctico de lectura simbólica: aprendes a sospechar que detrás de un detalle (un sacrificio, un animal, un cambio de estación) puede haber siglos de rituales y creencias.

Diferencias con otros manuales de mitología

Frente a otros libros más neutros, Graves:

  • no se limita a resumir; discute, polemiza, arriesga hipótesis;
  • exhibe sus fuentes y muestra que el material antiguo es contradictorio;
  • ofrece una visión poética y personal, que a veces convence y a veces irrita, pero rara vez deja indiferente.

Los límites del enfoque de Graves: cómo leerlo sin confundirlo con “la verdad”

Aquí conviene ser claros: Los mitos griegos es un libro formidable, pero no un manual académico “definitivo”. Sus puntos débiles son, en parte, el reverso de sus virtudes.

Un escritor con mucha imaginación

Graves se documenta enormemente, pero ante todo es un poeta con una gran intuición simbólica. Y eso le lleva a veces a:

  • proponer etimologías dudosas;
  • forzar paralelos entre culturas lejanas;
  • contar como probables algunas reconstrucciones históricas que hoy se miran con más escepticismo.

Sus colegas más académicos lo han criticado precisamente por esto: confunde, a veces, lo posible con lo demostrado.

Entonces, ¿cómo aprovecharlo?

La clave está en separar dos planos:

  • Relato de los mitos: muy útil, bien fundado en las fuentes, excelente para orientarse.
  • Comentarios interpretativos: sugerentes, a menudo brillantes, pero que conviene leer como hipótesis, no como hechos comprobados.

Si lo haces así, el libro deja de ser un “manual de verdades” y se convierte en lo que mejor sabe ser: una gran invitación a pensar los mitos.


¿Sigue siendo actual Los mitos griegos?

En la cultura popular

Aunque no siempre se lo cite directamente, muchas reescrituras modernas de mitos —novelas, cómics, cine, series, videojuegos— se apoyan en visiones de conjunto como la de Graves:

  • la imagen del héroe que desciende al inframundo;
  • los triángulos amorosos divinos;
  • los ciclos de culpa, castigo y redención.

Suele haber, detrás, algún tipo de manual o síntesis que ordenó ese mundo disperso. Los mitos griegos ha sido uno de los más influyentes en lengua inglesa y, por extensión, en muchas adaptaciones posteriores.

Para quién resulta especialmente útil

  • Estudiantes: como complemento ameno a manuales más técnicos.
  • Lectores curiosos: para ir más allá del “Zeus es el dios del rayo” y comprender las tramas y relaciones entre mitos.
  • Creadores (escritores, guionistas, ilustradores): como cantera inagotable de tramas, personajes y símbolos.

Para cualquiera de ellos, Graves ofrece algo valioso: muestra que los mitos forman un sistema vivo, donde todo está conectado.

Los mitos como espejo de nosotros mismos

Parte del atractivo de leer hoy Los mitos griegos es que sus historias tocan temas que siguen siendo los nuestros:

  • relaciones de poder entre hombres y mujeres;
  • conflictos generacionales;
  • la tensión entre libertad individual y destino;
  • la culpa, el castigo, el perdón.

Por eso leer estos mitos, con la ayuda de alguien que los ordena y los interroga, no es sólo asomarse al pasado, sino también mirarse en un espejo antiguo que nos devuelve preguntas muy actuales.


Conclusión: un clásico divulgativo que aún merece la pena

Los mitos griegos de Robert Graves ocupa un lugar singular: está a medio camino entre el manual de referencia, el ensayo interpretativo y la creación literaria. Su gran logro es haber hecho accesible y sugerente un material inmenso, complejo y a menudo contradictorio.

Leído con espíritu crítico —disfrutando la narración y tomando sus teorías como lo que son: propuestas personales—, sigue siendo una de las mejores puertas de entrada al universo mítico griego.

Si te interesan los dioses y héroes antiguos, pero también lo que esos relatos dicen sobre nosotros, este libro sigue siendo una compañía excepcional para empezar el viaje.

(CC) Manuel Velasco / blog La Memoria del Viento



Los mitos griegos 

(edición ilustrada)

Robert Graves

Lucía Graves (Traductora) J. Mauricio Restrepo (Ilustrador)



Introducción

«Quimérico» es una forma adjetival del sustantivo quimera, que significa «cabra». Hace cuatro mil años la Quimera no puede haber resultado más fantástica que cualquier emblema religioso, heráldico o comercial en la actualidad. Era un animal solemne de forma compuesta que tenía (como indica Homero) cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. Se ha encontrado una Quimera grabada en las paredes de un templo hitita de Carquemis y, lo mismo que otros animales compuestos, como la Esfinge y el Unicornio, debió de ser originalmente un símbolo calendario: cada componente representaba una estación del año sagrado de la reina del Cielo, como lo hacían también, según Diodoro de Sicilia, las tres cuerdas de su lira de concha de tortuga. Nilsson trata de este antiguo año de tres estaciones en su Primitive Time Reckoning (1920).

Sin embargo, sólo una pequeña parte del cuerpo enorme y desorganizado de la mitología griega, que contiene importaciones de Creta, Egipto, Palestina, Frigia, Babilonia y otras regiones, puede ser clasificada correctamente, con la Quimera, como verdadero mito. El verdadero mito se puede definir como la reducción a taquigrafía narrativa de la pantomima ritual realizada en los festivales públicos y registrada gráficamente en muchos y casos en las paredes de los templos, en jarrones, sellos, tazones, espejos, cofres, escudos, tapices, etc. La Quimera y los otros animales del calendario deben de haber figurado prominentemente en esas representaciones dramáticas que, a través de sus registros iconográficos y orales, se convirtieron en la primera autoridad o carta constitucional de las instituciones religiosas de cada tribu, clan o ciudad. Sus temas eran actos de magia arcaicos que promovían la fertilidad o la estabilidad del reino sagrado de una reina o un rey —los de las reinas habían precedido, según parece, a los de los reyes en toda la zona de habla griega— y enmiendas de aquéllos introducidas de acuerdo con lo que requerían las circunstancias. El ensayo de Luciano Sobre la danza registra un número imponente de pantomimas rituales que todavía se ejecutaban en el siglo II d. de C.; y la descripción de Pausanias de las pinturas del templo de Delfos y de las tallas del Cofre de Cipselo indica que una cantidad inmensa de inscripciones mitológicas misceláneas, de las que no queda actualmente rastro alguno, sobrevivía en el mismo período.

El verdadero mito debe distinguirse de:
  1. La alegoría filosófica, como la cosmogonía de Hesíodo.
  2. La explicación «etiológica» de mitos que ya no se comprenden, como el huncimiento por parte de Admeto de un león y un jabalí a su carro.
  3. La sátira o parodia, como el relato de Sueno sobre la Atlántida.
  4. La fábula sentimental, como el relato de Narciso y Eco.
  5. La historia recamada, como la aventura de Arión con el delfín.
  6. El romance juglaresco, como la fábula de Céfalo y Procris.
  7. La propaganda política, como la Federalización del Ática por Teseo.
  8. La leyenda moral, como la historia del collar de Erifile.
  9. La anécdota humorística, como la farsa de Heracles, Ónfale y Pan en el dormitorio.
  10. El melodrama teatral, como el relato de Téstor y sus hijas.
  11. La saga heroica, como el argumento principal de la Ilíada.
  12. La ficción realista, como la visita de Odiseo a los Feacios.
Sin embargo, pueden hallarse auténticos elementos míticos incrustados en las fábulas menos prometedoras, y la versión más completa o más esclarecedora de un mito determinado Tara vez la proporciona un solo autor; cuando se busca su forma original tampoco se puede dar por supuesto que cuanto más antigua sea la fuente escrita, tanto más autorizada ha de ser. Con frecuencia, por ejemplo, el travieso alejandrino Calímaco o el frívolo Ovidio augustal, o el sumamente aburrido Tzetzes, del último período bizantino, dan una versión de un mito evidentemente anterior a la que dan Hesíodo o los trágicos griegos; y la Excidium Troiae del siglo XIII es, en partes, míticamente más fidedigna que la Ilíada. Cuando se quiere explicar una narración mitológica o seudo-mitológica se debe prestar siempre una atención cuidadosa a los nombres, el origen tribal y los destinos de los personajes que en ella figuran y luego darle de nuevo la forma de ritual dramático, con lo cual sus elementos incidentales sugerirán a veces una analogía con otro mito al que se ha dado una torsión anecdótica completamente diferente y arrojarán luz sobre los dos.

descargar bibliografía de Robert Graves (pdf)
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